Lo empecé el día en que me iba a Noruega y, muy a mi pesar, no me alcanzó todo el viaje. Además de ser breve, El Sha o la desmesura del poder de Ryszard Kapuściński se lee rapidísimo porque el periodista polaco conduce al lector de manera firme, documentada y creativa hacia la esencia de la sociedad iraní. Mientras empiezo Ébano, les copio dos pasajes bastante distintos de El Sha.
A decir verdad, cada vez que vivo en un hotel -cosa que me ocurre a menudo- me gusta que en la habitación reine el desorden, puesto que éste crea una sensación de vida, le da un aire de intimidad y de calor, es una prueba (aunque bastante engañosa)
de que un lugar tan extraño y falto de ambiente como es la habitación de un hotel ha sido, por lo menos parcialmente, dominado y domado. Estoy en una habitación inmaculadamente limpia y me siento adormecido y solo; me hacen daño todas las líneas rectas, las aristas de los muebles, las superficies lisas de las paredes; me disgusta esa geometría rígida e indiferente, ese minucioso orden que existe por sí mismo, sin rastro alguno de nuestra presencia. Por suerte, al cabo de pocas horas y como consecuencia de mi quehacer (por otra parte, inconsciente, producto de la prisa o la pereza), todo el orden se difumina y desaparece, todos los objetos cobran vida, empiezan a deambular de un lado para otro, a entrar en configuraciones e interrelaciones nuevas, continuamente cambiantes; se crea un ambiente recargado y barroco y, de pronto, la atmósfera de la habitación se vuelve más cálida y familiar. Entonces puedo respirar hondo y empiezo a relajarme.
(pp. 10 y 11. Fotografía de Kapuściński por Mariusz Kubik)
Ahora el momento más importante y que va a decidir el destino del
país, del sha y de la revolución será el momento en que un policía
reciba la orden de abandonar su formación, acercarse a un hombre de
entre la multitud y ordenarle a voz en cuello que se vaya a casa. Tanto
el policía como el hombre de la multitud son personas sencillas y
anónimas, y, sin embargo, su encuentro tendrá un significado histórico.
Ambos son personas adultas que han vivido ya algo y han acumulado
experiencia. La experiencia del policía: si le pego un grito a alguien
y levanto la porra, éste se aterrorizará y echará a correr. La
experiencia del hombre de la multitud: al ver acercarse a un policía me
entra el pánico y echo a correr. Basándonos en esas experiencias
completamos el guión: el policía grita, el hombre huye, tras él huyen
los demás, la plaza queda vacía. Esta vez, sin embargo, todo se desarrolla de una manera diferente. El policía grita, pero el hombre no
huye. Se queda donde está y mira al policía. Su mirada es vigilante, todavía contiene algo de miedo, pero, al mismo tiempo, es dura y
descarada. El hombre de la multitud mira descaradamente al poder uniformado. Se queda plantado donde está. Después mira a su alrededor y ve las miradas de los demás. Son parecidas: vigilantes, todavía con una
sombra de miedo, pero ya firmes e inexorables. Nadie huye a pesar de que el policía sigue gritando. Al final llega un momento en que se calla; se produce un breve silencio. No sabemos si el policía y el hombre de la multitud se han dado cuenta de lo que acaba de ocurrir. De que el hombre de la multitud ha dejado de tener miedo y de que esto es el principio de una revolución. La revolución empieza en este punto. Hasta ahora, cada vez que se acercaban estos dos hombres, inmediatamente un tercer personaje cobraba forma y se interponía entre ellos: el miedo. El miedo aparecía como aliado del policía y enemigo del hombre de la multitud. Imponía su ley, lo resolvía todo. Y ahora estos dos hombres se encuentran cara a cara y el miedo ha desaparecido, se lo ha tragado la tierra. Hasta este momento la relación entre ambos estaba cargada de emociones, donde cabían la agresividad, el desprecio, la furia y el temor. Pero ahora, cuando ha desaparecido el miedo, esta unión, perversa y odiosa, de repente se ha roto; algo se ha acabado, algo se ha apagado. Los dos hombres se han neutralizado; resultan recíprocamente inútiles, cada uno puede ir a lo suyo. Así que el policía da media vuelta y empieza a dirigir sus pesados pasos hacia la comisaría, mientras que el hombre de la multitud se queda en la plaza, acompañado por algún tiempo con la mirada al enemigo que se aleja.
(pp. 140 y 141. Fotografía de Mohamed Reza Pahlevi, el último Sha de Irán, por FarahPahlavi.org)


